martes, 28 de febrero de 2012

YO VOY SOÑANDO CAMINOS







YO VOY SOÑANDO CAMINOS

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas! ...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—.
«En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día,
ya no siento el corazón.»

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
«Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada.


Antonio Machado






lunes, 27 de febrero de 2012

OJALÁ




MAS VIVO QUE NUNCA....




TU DECIDES II….




Siempre hay situaciones en que hay que tomar decisiones en forma inevitable. Ya no es posible permanecer en la duda o ser impasible ante los hechos cotidianos. En muchos casos se hace necesario elegir por un camino y muchas veces no sabemos cuál seguir.
Una de las mejores lecciones que todos los grandes personajes de la historia nos dan, es la de enfrentar a sus contemporáneos con decisiones ineludibles.

“¿Ves una puertecita y enfrente un camino no muy transitado, pues los viajeros son pocos? Ese es el camino que conduce a la verdadera instrucción”
Cebetis Tabula (*)

Lo fácil y el esfuerzo
Nunca hay vías fáciles que conduzcan a la grandeza; ésta siempre es producto del esfuerzo. Mientras unos están jugando, otros descansando o durmiendo, hay otros que están invariablemente trabajando silenciosamente de manera cotidiana. Muchos quieren las cosas a la mano o esperan recibir algún beneficio sin poner nada de su parte. La gente se queja de sus problemas y necesidades, pero muy poco se busca las soluciones, se está a la espera del otro. Bien sabemos, los que estamos en la lucha diaria en vencer las adversidades, que nunca ha habido otro camino que condujera a la grandeza y a la prosperidad que no sea el camino del trabajo, del esfuerzo, y que cualquier cosa que prometa ser un atajo no es más que un espejismo y una trampa. Dios nos da recursos y talentos para utilizarlos y no tenerlos guardados. Él espera que los utilicemos dichos dones para nuestro propio beneficio y también para el bien común. Hoy en día lograr algo, inclusive los objetivos y metas, se necesita mucho esfuerzo y sacrificio. Nada cae del cielo sin el esfuerzo propio. No se cosecha nada si es que no se ha sembrado antes y se ha cuidado pacientemente la semilla.
El camino largo y el camino corto
Es muy raro que algo sea perfecto sin que haya costado esfuerzo. El éxito, por lo general es producto de mucho tiempo dedicado al trabajo y a la continua atención de los detalles. Nadie ha llegado a producir una obra maestra tomando un atajo. En este mundo, constantemente se nos ofrecen atajos con la promesa de resultados inmediatos. Las cosas de valor duradero nunca se producen instantáneamente. Hay  un camino estrecho, que representa el sacrificio. Cuánta gente prefiere transitar por caminos fáciles y equivocados, pensando en conseguir las cosas en forma fácil y de inmediato. Se prefieren los atajos y no las rutas establecidas. Un ejemplo de este mal lo podemos ver diariamente en el cruce de las avenidas principales, donde para seguridad de los peatones, se han colocado puentes peatonales. Y ¿qué es lo que sucede? La mayoría de las personas prefieren cruzar la avenida poniendo su vida en riesgo. Muchos errores se han cometido por querer hacer las cosas sin considerar lo realmente importante; no tomar el atajo de lo fácil y caminar por el camino de la verdad.
La disciplina y la indisciplina
Muchos hoy en día consideran que la disciplina es una atadura que corta la libertad de las personas, la consideran como una esclavitud. Pero bien sabemos, que nada se ha logrado jamás sin una estricta disciplina. Por ejemplo, muchos atletas y otras personas han arruinado sus posibilidades de éxito por abandonar la disciplina y permitirse una vida descuidada. Nada estaba al azar. Todo estaba ya previsto y organizado. Hacer las cosas en forma improvisada o a última hora, es señal de mediocridad. Cuántas cosas se han hecho sin tener en cuenta este aspecto y hoy podemos ver los resultados desastrosos por no hacer las cosas en forma disciplinada. Aún en la vida personal, mucha gente ha hecho muchas cosas, pero muchas de ellas sin objetivos y sin ningún sentido real. Proyectos fracasados en el camino, matrimonios destruidos por la improvisación en la búsqueda de la pareja idónea, carreras paralizadas en la mitad del camino por no encontrar un objetivo valedero. No es fácil vivir una vida disciplinada, pero tenemos el reto de vivirla ya.
El trabajo reflexivo y la irreflexión
Cuando uno se pregunta por qué suceden los problemas en la sociedad o entre las personas, uno puede darse cuenta que el problema es el aturdimiento. Aquí está el centro del problema. Realizar las cosas de una manera automática conlleva a cometer torpezas y hasta llegar a ser un insensato. Se prefiere hacer las cosas como vengan sin detenerse a reflexionar sobre su conveniencia. Muchas veces se suelta la lengua sin pensar, se lanzan rumores sin reflexionar en las consecuencias, se tiene estereotipos de las personas y se le juzga por ello. Otro problema que podemos encontrar es cuando se esgrimen ideologías, teorías o doctrinas de la forma más superficial. Mucho daño ha hecho a la sociedad este tipo de actitudes, es tiempo de parar, dejemos de ver embobados lo que acontece alrededor y miremos en nuestro interior.

¿Te gusta lo que ves?
Cambiar es una opción… Tú decides..





(*) Cebes, discípulo de Sócrates desarrolla en esta obra la teoría platónica de la pre-existencia, y muestra que la verdadera educación no consiste en la simple erudición, sino más bien en la formación del carácter.


"DOS CAMINOS"




Un hombre andaba por un campo en las afueras de la ciudad. Antes de volver a casa se encontró con dos caminos que llevaban al mismo punto y se dio cuenta de que ambos eran buenos para regresar a casa. Uno era más largo y daba un rodeo pero el hombre tenía la intuición de que ese era el camino que debía tomar, pues sentía que encontraría cosas interesantes de contemplar y sensaciones agradables. El otro era más directo y más corto y en él vio a lo lejos a un viejo conocido que pasaba por allí. No era alguien de quien esperara gran conversación, pero necesitaba sentirse acompañado y sintió que quizá estaba equivocado en su intuición y la compañía del conocido era realmente interesante y con el encuentro la relación progresaría. El hombre decidió tomar el camino corto, pese a que se sentía destinado o programado a tomar el largo. Pero ocurrió que tardó demasiado pensándolo y su conocido caminaba demasiado deprisa, así que no le dio tiempo a alcanzarle. En su vuelta a casa, el hombre se sintió doblemente frustrado pues sentía que había perdido la posibilidad de progresar en la relación con su conocido y además no había tomado el camino que sentía en su “programa” interior. Determinó que la próxima vez que caminara por aquel campo tomaría el camino largo, pero en el fondo sabía que para la vez siguiente ni él sería el mismo ni el camino tampoco.




QUIEN DIJO QUE SERIA FÁCIL……



domingo, 26 de febrero de 2012

EL CAMINO


 

La vida es un gran camino, camino que en muchas ocasiones debemos recorrer solos, sin nadie que nos guíe, sin nadie que nos indique el sendero correcto.

Un camino lleno de obstáculos y retos, pero también lleno de alegrías y consuelos. A veces fácil, otras no tanto, pero camino al fin y al cabo. Un camino sin marchas atrás.

Mi camino está lleno de cosas maravillosas y no tan maravillosas, y aunque en ocasiones es complicado seguir caminando y solo te apetece parar y dejarlo todo, siempre he seguido adelante, como todos nosotros, y siempre lo seguiré haciendo porque el destino es incierto y después de algo malo siempre nos espera algo bueno.



“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar”

“Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

Antonio Machado






EL VALOR DE LA FE





La Fe es una actitud del ser humano que incluye la totalidad, voluntad e intelecto y está dirigida a algo o alguien, idea o proyecto, doctrina o ser divino como la fe religiosa. Si bien la fe abarca la creencia, esta va más allá y en la historia de la teología se encuentra una distinción grande entre la fe propiamente dicha y las obras que esta produce y de otro lado entre fe y conocimiento. Hay pensadores que afirman “las buenas obras son consecuencia de la fe”.
La Biblia trae, entre otras, una cita importante en Hebreos 11,1, proclama la fe como:
"El fundamento de las cosas que se esperan y un convencimiento de las cosas que no se ven"
Aquí la fe, toma el concepto griego de la palabra pistis, cuyo significado es el de un acto mediante el cual se da la confianza de uno a otro, a algo, o en alguien.
Desde esa perspectiva hay que tener FE en sí mismo y confianza en los demás, el líder que pretenda hacer surgir algo en sus trabajadores, asociados o congéneres, debe pensar como Sócrates cuando proponía “Quien puede llegar a ser el ser”, es el mismo criterio del empoderamiento cuando afirma que la gente tienen el poder y el facultarlo significa reconocerle ese poder que tiene. Se debe entender que el ser no fue llamado a la perfección sino a la infinitud, a la trascendencia, y esto solo se logra con la FE en lo que hacemos, con creer en lo que proponemos como proyecto de vida, en lo que pretendemos trasmitir a los demás.
La infinitud se logra venciendo la mediocridad, esa gran peste social, azote moderno de quienes ya llegaron a ser, la infinitud se construye a través de la persistencia, de entender que el fracaso no existe como fin de nada, el fracaso por el contrario debe celebrase como un nuevo triunfo que nos da la posibilidad de iniciar una nueva etapa de nuestro camino, convirtiendo la adversidad en éxito, pero esto sólo se consigue con la fe del carbonero, con la persistencia del telegrafista, con creer en sí mismo.
Sócrates no huye ante la condena a morir con cicuta así se lo ofrezcan sus carceleros, ¡no! Sócrates muere con la convicción de sus principios con FE en lo que cree. Jesús no se revela contra el Padre ¡no! Jesús muere por la humanidad, por la convicción de lograr la redención de los demás, por tener FE en su misión.
FE es ver lo posible en lo imposible, es ser capaz de ver lo invisible, de facilitar al ser las herramientas para que tenga FE. Apalancados en la FE, como un valor, se puede aceptar el gran reto de reinventar y de apuntar hacia la travesía, ese gran desafío del tercer milenio ahora que se está viviendo, se debe mirar la forma de hacer las cosas de diferente manera. Es decir, el ser tiene la obligación de deponer la actitud pasiva que le caracteriza y tomar parte integral en el mundo que le rodea.
Es obvio, los líderes Polivalentes deben enfrentar el reto guiados por aquellos que se preparen o estén preparados para dirigir el mundo en el nuevo contexto, no per se, sino enfrentando la realidad con una actitud renovadora, ver el mundo desde la perspectiva de recoger del pasado lo que sirve y desechar todos aquellos modelos que sirvieron en parte y fracasaron en otra. Tomar lo bueno del ayer e integrarlo con lo nuevo del mañana, aceptando el reto: INICIAR LA TRAVESÍA CON AMOR
Fabio Alberto Cortés Guavita




Fuente:http://www.proyectopv.org/


LA REVOLUCIÓN DE LA MENTE Y LA LIBERACIÓN DEL ESPÍRITU CREADOR




Uno de los problemas mayores a los que se enfrenta hoy la humanidad es a cómo dar origen a la liberación creativa del ser humano: la creatividad; a cómo tener la energía abundante adecuadamente dirigida, de forma que su vida tenga un significado profundo y expansivo.
La revolución es necesaria, una revolución profunda y total que empiece desde el interior, y para generar esa revolución debemos comprender las modalidades de nuestro propio pensamiento, comprender todo el proceso de nuestro pensar, los comportamientos de nuestra mente, y eso implica conocimiento propio. Sin la base del conocimiento propio tiene poco sentido lo que pensamos. Pero la revolución debe tener lugar no en una sección del pensar, sino en la totalidad de la mente misma.
Para que la revolución total ocurra es esencial descubrir qué significa escuchar. Muy pocos escuchamos directamente lo que se nos dice, siempre lo interpretamos conforme a un punto de vista particular. Tenemos opiniones, juicios, creencias a través de las cuales escuchamos, de modo que jamás estamos escuchando realmente. Sólo escuchamos en función de nuestros propios prejuicios personales. Y esto no origina comprensión. Lo que en verdad origina comprensión es escuchar sin estar anclado a nada, sin ninguna conclusión definida. Cuando se conoce el arte de escuchar no sólo se descubre qué es verdadero en lo que se está diciendo, sino también se ve lo falso como falso y la verdad en lo falso.
Se debe escuchar sin prejuicios, pues nuestro pensar se halla condicionado y jamás abordamos ningún problema con la frente fresca. La mente se halla condicionada por la educación actual, por la sociedad, por la religión, por todo nuestro entorno y también por nuestras reacciones al entorno –que surgen desde el proceso de la ambición.
Es indispensable que una revolución total ocurra en el ser humano, pero una revolución así no puede ocurrir si no hay una comprensión, sin esfuerzo alguno, de lo que es la verdad. El esfuerzo, en cualquier nivel, es una forma de destrucción, y sólo cuando la mente está muy quieta, sin hacer ningún esfuerzo, tiene lugar la comprensión.
Una mente condicionada, por mucho que trate de cambiar, sólo puede hacerlo dentro de la prisión de su propio condicionamiento, y esto es obvio que no es revolución.
En el mundo hay una gran crisis, una enorme pobreza y la amenaza de la destrucción. Este es el reto, y nuestro problema es responder adecuadamente a este reto, y esto es imposible si no comprendemos el proceso de nuestro propio pensar.
Sólo podemos responder al reto de la Vida si comprendemos el proceso de nuestro pensar y estamos libres del condicionamiento, de la programación de nuestra mente, cuando ya no reaccionamos según una ideología política, religiosa, nacionalista o de la clase que fuere. Cuando hemos cesado de pertenecer a cualquier raza, credo o religión en particular, cuando cada uno de nosotros comprende su trasfondo y se libera de él, cuando sólo aspira a lo verdadero, es posible, entonces, responder plenamente. Y esa respuesta es una revolución.
Únicamente un ser humano espiritual, religioso, que es consciente y que obra adecuadamente, puede dar origen a una revolución fundamental. Un hombre verdaderamente religioso rompe con la estructura de la religión organizada, con todos los dogmas y creencias, así ve la verdad y obra adecuadamente. Toda otra forma de revolución es fragmentaria y genera, inevitablemente, problemas ulteriores. Pero el ser humano que ve la verdad, lo que es, es el verdadero revolucionario, porque el ver la verdad es realizar una respuesta integrada, no fragmentaria.
La mente debe darse cuenta de su propio condicionamiento y, por ello, liberarse de él y encontrarse libre para percibir la verdad. A no ser que liberemos a la mente de su condicionamiento, todos nuestros problemas sociales, nuestros conflictos en la relación, nuestras guerras y otras desdichas, todo eso tiene por fuerza que incrementarse y multiplicarse.
Sólo cuando la mente es libre puede haber creatividad. Esta revolución sólo es posible cuando la mente se halla muy quieta, muy silenciosa. Pero esta quietud mental no surge a través de ningún esfuerzo, no puede ser buscada ni perseguida, no tiene motivo. Surge naturalmente, con facilidad, cuando la mente comprende su propio proceso de acción, lo que implica comprender todo el significado del pensar.
Así pues, el principio de la creatividad, de la revolución y de la libertad es el conocimiento propio, y este debe ser descubierto en las relaciones de nuestra existencia cotidiana. La relación es el espejo en que podemos vernos realmente, sin distorsión alguna, y sólo mediante el conocimiento propio, viéndonos exactamente como en realidad somos, no distorsionados por ningún juicio, sólo así la mente se torna quieta, silenciosa.
La libertad surge sólo por obra del conocimiento propio, que consiste en comprender el proceso total del pensar. Nuestro pensar es, en la actualidad, una simple reacción, la respuesta de una mente condicionada, y cualquier acción que se basa en un pensar así tiene que dar como resultado una catástrofe, es inevitable. Para descubrir qué es la verdad, qué es Dios, es preciso que haya una mente que se ha comprendido a sí misma, lo cual implica investigar todo el problema del conocimiento propio. Sólo entonces hay una revolución total que da origen a una liberación creativa, y esa liberación creativa es la percepción respecto de lo que es la verdad.





ON THE WAY

miércoles, 22 de febrero de 2012

MIÉRCOLES DE CENIZA INICIO DE LA CUARESMA




La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.
Antiguamente, los judíos acostumbraban a cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.
En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.
También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.
La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios.
La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.
Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

"Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"

"Conviérte y cree en el Evangelio"




Carl Spitzweg: Miércoles de Ceniza (1855-60)

El Espíritu del Carnaval se nos muestra confinado en un calabozo, meditando sobre las locuras cometidas en las últimas jornadas y calculando ese larguísimo año que le queda de cautiverio. El cuadro evoca entierros de la sardinas, canciones dolientes sobre el fin de carnaval y, poderosamente, capítulos y capítulos de la «Rama Dorada»de James George Frazer.
Miércoles de Ceniza («Aschermittwoch») es un óleo sobre lienzo que mide tan solo 21 x 14 cm. Se exhibe en la Staatsgalerie (Galería Nacional) de Stuttgart (Baden-Württemberg, Alemania).

martes, 21 de febrero de 2012

FRASES PARA RECORDAR "MACBETH"




“Ven pronto, ven, para que pueda vaciarte mi coraje en tus oídos y azotar con el brío de mi lengua todo lo que te aparta del círculo de oro con que hados y ayudas sobrenaturales querer, parecen, coronarte”





“Para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada y en tus manos y lengua; procúrate el inocente aspecto de una flor pero sé tú la víbora que oculta”





“La vida es una sombra tan sólo, que transcurre; un pobre actor que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”




“MacBeth”
William Shakespeare

Frases de la Obra "MacBeth" de William Shakespeare

PAREDES QUE HABLAN III












LA TRAGEDIA DE MACBETH





Macbeth es una de las obras más conocidas de William Shakespeare. Esta obra de la dramaturgia universal es una tragedia en cinco actos, escrita en prosa y en verso, que fue compuesta probablemente hacia 1606 y estrenada poco después. Fue publicada por primera vez en 1623, en la edición conocida como First Folio.

Inspirada en la historia de vida del rey Macbeth de Escocia, esta tragedia gira en torno a las consecuencias de la ambición desmedida y la traición.

Ambientado en un mundo sombrío marcado por la confusión moral, este texto donde la prosa se combina con el verso, describe la inquebrantable degradación de un hombre que, impulsado por su esposa y las profecías de tres brujas, no duda en traicionar a quienes confían en él y convertirse en el asesino de Duncan, el rey de Escocia, con tal de concretar sus deseos. Si bien su sueño parece cumplirse al llegar a ocupar el puesto que había quedado libre tras la muerte de su superior, Macbeth no podrá librarse de los remordimientos y así vivirá hasta que un vengador decida ponerle fin a su existencia.

Como resulta evidente, a través de este relato Shakespeare cautiva al público con una propuesta dramática basada en predicciones, crímenes, venganzas y corrupciones humanas que intenta demostrar la importancia de ser fiel y honesto con uno mismo en todas las circunstancias, aún cuando creamos que estos principios nos dificultan el camino para llegar al objetivo deseado.

Por la maestría con la que fue escrita y el atractivo perfil de su trama, esta obra no sólo se ha convertido en un clásico de la literatura universal (disponible en una gran cantidad de idiomas) sino que también ha impulsado la creación de otros libros, fue llevada a la gran pantalla en varias oportunidades y hasta originó numerosos musicales.

Macbeth es una tragedia acerca de la traición y la ambición desmedida. No hay seguridad absoluta de que la tragedia sea en su totalidad obra de Shakespeare, ya que algunos afirman que ciertos pasajes podrían ser adiciones posteriores del dramaturgo Thomas Middleton, cuya obra La bruja (The witch) tiene múltiples afinidades con Macbeth.

En Macbeth  se describe el proceso de un hombre esencialmente bueno que, influido por otros y debido también a un defecto de su propia naturaleza, sucumbe a la ambición y llega hasta el asesinato. A lo largo de la obra, Macbeth, por obtener y, más tarde, retener el trono de Escocia, va perdiendo su humanidad hasta llegar al punto de cometer todo tipo de imperdonables actos.




A continuación, un breve resumen:

Acto I
Comienza la historia en la guarida de unas brujas que quedan en reunirse con Macbeth.
El rey Duncan recibe a un hombre ensangrentado que le informa de que Macbeth, señor de Glamis y Banquo (generales del ejército escocés) han vencido al señor de Cawdor en batalla. El rey Duncan se alegra enormemente y decide recompensar a Macbeth con el título del vencido.
Vuelven a aparecer las brujas y salen al encuentro de Macbeth y Banquo. Les profetizan varias cosas. Dicen que Macbeth será nombrado señor de Cawdor (él todavía no lo sabe) y que será rey. A Banquo le dicen que será padre de reyes. Macbeth y Banquo preguntan que de dónde han sacado tales noticias, pero las brujas desaparecen. Acto seguido entran Ross y Angus (nobles de Escocia) y comunican a Macbeth que le ha sido otorgado el título de Cawdor.
Comparecen los vencedores ante el rey Duncan y este les felicita y les comunica la intención de nombrar desde ese momento a su hijo Malcom Príncipe de Cumberland (título otorgado tradicionalmente al heredero de la corona de Escocia).
Todos deciden ir a pasar la noche al castillo de Glamis con el fin de celebrar la victoria.
En la escena siguiente Lady Macbeth lee una carta enviada por su marido contándole lo sucedido. Desde ese momento ella decide acabar con el rey de forma que se cumpliesen las profecías. Todo queda planeado y decidido cuando un mensajero le dice que el rey va a pasar la noche en su castillo.
Lady Macbeth comunica a su esposo, que se había adelantado al grupo, sus intenciones, pero él no está totalmente de acuerdo con la idea, aunque duda.
Llegan Duncan y los nobles al castillo y son recibidos efusivamente por Lady Macbeth que les invita a sentarse a la mesa para el banquete.
Mientras todos comen, Macbeth reflexiona sobre la proposición de su mujer y decide y así se lo comunica a su esposa que no llevará a cabo su plan. Pero ella le insulta y le incita a cometer el crimen, y Macbeth, aunque todavía dudoso, y tras replicarle algunas veces, acepta.

Acto II
Banquo y su hijo Fleance están haciendo guardia a la puerta de la alcoba donde el rey duerme. Macbeth aparece y les dice que se vayan a dormir. Ellos obedecen y dejan la habitación del rey guardada por unos soldados borrachos por el festín.
Macbeth vuelve donde su mujer y le vuelve a decir que está en contra de matar al rey, pero Lady Macbeth sabe cómo tratarle y le convence de nuevo. Le comunica que ya están dispuestos los puñales con los que debe llevar a cabo la terrible acción y Macbeth sale para cumplir su misión. Antes de entrar en la alcoba del rey, se sienta y reflexiona sin estar aún convencido de lo que va a hacer. En ese momento ve un puñal flotando ante él (sólo él lo puede ver) y esta imagen lo aterroriza y le hace pensar en la traición que va a cometer. Finalmente se decide y mata al rey y a sus guardias.
Macbeth vuelve a su habitación y anuncia a su esposa que ya ha consumado el crimen. Siente terribles remordimientos por su acción pero su mujer, fría y calculadora insiste en que era lo que debía hacer y en que debe ahora disimular y ocultar cualquier prueba.
A la mañana siguiente Macbeth y Lennox encuentran el cuerpo de Duncan y Macbeth se apresura a atacar con furia a los soldados manchados con la sangre del rey y cuyos puñales eran el arma utilizada para el regicidio ya muertos, como si acabase con ellos en ese momento, de forma que no se descubra la traición. Dan la alarma y Malcom y Donalbain (hijos de Duncan) huyen en secreto a Inglaterra e Irlanda respectivamente temiendo que tras la muerte de su padre ellos eran los siguientes, y esto da pie a que los nobles piensen que los soldados mataron al rey por encargo de sus hijos.
Unas horas después se decide nombrar a Macbeth rey de Escocia, pero Macduff y Banquo ya sospechan de él.

Acto III
Comienza con una conversación entre Banquo y Macbeth en la que el primero reprocha al nuevo rey que no ha jugado limpio para conseguir su puesto. Macbeth hace como si no le importase lo que dice y le invita a un banquete que se celebraría esa noche. Banquo accede y sale a cabalgar con su hijo hasta la hora prevista.
Después de haberse ido Banquo, Macbeth manda llamar a unos asesinos a los que ordena acabar con Banquo y su hijo Fleance para así evitar que se cumpla la profecía de las brujas referente a la descendencia de Banquo. Los asesinos salen.
En un monólogo Lady Macbeth se arrepiente de haber matado al rey ya que ahora no puede vivir tranquila. Aquí es cuando entra Macbeth y le dice que todavía no está tranquilo puesto que Banquo y su hijo siguen vivos, pero sorprendentemente su esposa le ruega que olvide la cuestión y sea otra vez alegre y feliz. Pero Macbeth insiste en que ha de concluir su obra y para ello son necesarias esas dos nuevas muertes.
Los tres asesinos esperan a que Banquo y su hijo aparezcan con sus caballos y los atacan con puñales matando al padre, pero Fleance escapa. Tras esto, los asesinos informan a Macbeth de lo sucedido y este, aunque intrigado por la fuga de Fleance, queda más tranquilo.
Ya en el banquete, después de brindar, entra el fantasma de Banquo y se sienta en el lugar destinado a Macbeth, que permanece de pie. Cuando Lennox le dice al rey que se siente este cree que todos los sitios están ocupados hasta que cae en la cuenta de que su sitio está ocupado por Banquo y esto le atormenta, por lo que empieza a gritar y a hablar con el fantasma que sólo él ve. Lady Macbeth le defiende y tranquiliza a los nobles diciendo que le ocurre a menudo, pero que es pasajero. El fantasma sale y Macbeth se calma pero después de un rato el fantasma vuelve y se repite la escena. Todos los nobles piensan que está loco y se marchan para dejarle descansar. Lady Macbeth le reprocha que ha descubierto su remordimiento y le recuerda que Macduff no ha asistido al banquete por lo que el rey le manda llamar.
Aparecen las brujas preparando una nueva aparición ante Macbeth.
Entran Lennox y otro caballero que le cuenta que Macduff ha ido a Londres a reunirse con Malcom , hijo de Duncan para formar un ejército para derrocar al tirano Macbeth.

Acto IV
Reaparecen las brujas preparando conjuros mientras esperan la llegada de Macbeth. Éste llega y pide que le predigan su futuro pues se encuentra desconcertado. Ellas invocan a tres espíritus. Cada uno le hace una advertencia: el primero le dice que se guarde de Macduff; la segunda le dice que nadie nacido de mujer le hará daño; y la tercera que no será vencido hasta que el bosque de Birnam no avance contra él por la colina de Dunsinane. Desaparecen los espíritus y Macbeth pide saber más por lo que las brujas le enseñan la imagen de ocho reyes descendientes de Banquo. Macbeth se encoleriza.
Al salir, Macbeth se encuentra con Lennox que le informa de que Macduff ha ido a Inglaterra para enfrentarse a él. Macbeth, irritado manda matar a la familia del noble huido. Se cumple su orden (antes de esto hay un diálogo entre Lady Macduff y su hijo).
Macduff y Malcom hablan en Inglaterra sobre el estado de Escocia y se lamentan por la tiranía de Macbeth. Aparece un médico que les dice que el rey inglés está dispuesto a ayudarles a vencer al tirano. Malcom se descubre como el gobernante perfecto: bueno, sincero, fiel... (como su padre). Aparece Ross y le cuenta a Macduff lo sucedido a su familia. Este les llora y jura vengarse.

Acto V
Una dama de compañía de Lady Macbeth informa a un doctor del comportamiento extraño de ésta. Por las noches se levanta y hablando sola y sin despertarse siquiera se lava continuamente las manos diciendo que las tiene manchadas de sangre.
Aparecen Menteth, Cathness, Lennox y Angus con sus ejércitos y anuncian la próxima llegada del ejército inglés y de la mala situación del de Macbeth, cuyos hombres no le son fieles y sólo luchan por obligación. Deciden unirse a los ingleses.
El doctor notifica a Macbeth el estado de su esposa y el rey se enfurece por la imposibilidad de curarla.
Los nobles escoceses e ingleses reunidos preparan la batalla. Malcom manda a cada soldado coger una rama de árbol del bosque de Birnam para que los vigías no puedan contar el número de hombres.
Vuelve a aparecer Macbeth en el castillo de Dunsinane y se oyen gritos de mujer, es Lady Macbeth que ha muerto.
Entra un mensajero que le dice al rey que el bosque de Birnam baja por la colina de Dunsinane avanzando hacia el castillo. Con esto se cumple lo dicho por el tercer espíritu.
Comienza la batalla y los hombres de Macbeth se pasan de bando o huyen ya que no le son fieles. El joven Seyton, hijo de Seyton, un noble inglés se enfrenta a Macbeth, pero éste acaba con él. Acto seguido entra Macduff y tras una dura lucha Macbeth cae muerto. Macduff fue “arrancado del vientre de su madre antes de tiempo” por lo que se cumple la segunda profecía.
En la última escena aparecen todos los nobles y Malcom, que es nombrado rey. Seyton se entera de la muerte de su hijo pero dice que no hay muerte más honrosa que la de caer en combate. Malcom nombra a los nobles condes y parte para Scone (donde se coronaba a los reyes de Escocia).






CADA QUIEN TOME SU MASCARA......



Cada quien tome su mascara,
que se acaba el carnaval


lunes, 20 de febrero de 2012

UN CUENTO PARA CARNAVAL





La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe


La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia. 

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano. 

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.


Edgar Allan Poe